Tejedoras en tierra de “murciélagos”


Litografía de Mayo Abitia

Allá en la región de los Altos del estado de Chiapas viven los “hombres-murciélago”, wíiniks-zotz, en lengua maya. Son los mismos que aquellos mexicas de la época de Ahuízotl -tlatoani cuyo reinado abarcó unperiodo de 12 años ( 1486 - 1502 )- visitantes de estas remotas provincias del sureste de México veían como los misteriosos “zinacantlis” (murciélagos).


De modo que el vocablo Zinacantán es el nombre que se le daba en náhuatl a la tierra donde habitan estos pobladores de la etnia tzotzil y significa “lugar de murciélagos”.


Esta comunidad, situada 11 kilómetros al norte de San Cristóbal de las Casas, siempre fue un mundo aparte. Los aztecas establecieron ahí una guarnición y recibían como tributos pieles de jaguar, plumas de quetzal y bezotes de ámbar, artículos todos ellos muy codiciados por la realeza de la gran Tenochtitlán.


Ahí, en este espacio de los “quirópteros”, las tejedoras producen en sus telares de cintura bordados que recrean los mitos mágico-religioso- naturales de los tzotziles, pueblo milenario de la rama etnográfica mayense que se llama a sí mismo: batsil wiinik´otik u “hombres verdaderos”. (1) Las tejedoras de Zinacantán son de las pocas que trabajan el arte plumario heredado de los aztecas. También se caracterizan por plasmar con mayor intensidad motivos florales en sus bordados.


Los elementos estilizados representan al sapo (xpococ), la mariposa (pependuch), al guajolote (tulue), la araña (ombluch) o al señor de la tierra. El bordado tzotzil reproduce ricamente la cosmovisión de los indígenas chiapanecos, en la que el batracio se asocia comúnmente con el inicio de la época de lluvias.


En Los Altos de Chiapas se pueden encontrar tejedoras que preservan con celo sus tradiciones. En San Andrés Larráinzar, por ejemplo, visitamos a Micaela Hernández Díaz, quien nos dijo que usaba para el teñido de sus hilos colorantes naturales, extraídos de bejucos, cortezas de árboles y zacat: del palo de Brasil obtenía el tinte rojo; de una planta llamada zacatina, el verde; del árbol pitzozot, el verde olivo; del canac, el anaranjado y el amarillo, y el lila del palo de Brasil hervido con bicarbonato.


Tejedoras por siempre y para siempre


Pues bien, hasta ese lugar llegamos a principios de marzo de 1998 en nuestro recorrido por el estado de Chiapas como reportero del periódico uno más uno, en esos tiempos todavía reconocido y respetado. Hoy, dos décadas después, quisimos recrear aquella conmovedora pero al mismo tiempo resuelta estampa de las tejedoras de Zinacantán que encontramos cuando la situación social era aún más dramática que en la actualidad, pues hace dos décadas 99.4% de la población no contaba con acceso a los servicios de salud.


Ese mes de marzo de 1998 nos instalamos en el patio de una rústica vivienda y platicamos con Petrona Agustina Hernández Vázquez, indígena tzotzil que pasaba cinco horas diarias “colgada” del sencillo telar de cintura, del cual, al cabo de tres semanas de laborioso trabajo salía un mantel que apenas vendería en 300 pesos en el mercado de artesanías de San Cristóbal de las Casas. Entonces, con el levantamiento zapatista en el cenit, ella nos confió que la comercialización de los tejidos se había desplomado. “Está muy baja la venta y ya no vienen muchos extranjeros”, se quejaba Petrona Agustina.

Litografía de Mayo Abitia

Su padre, de oficio “hilol”, chamán, hombre de avanzada edad de nombre Antonio Hernández Hernández, relató que junto con el resto de los curanderos de la comunidad “pusimos velas alrededor del poblado para que no pasara guerra…y guerra no pasó”.


Esto ocurrió la noche del 1 de enero de 1994, horas después de la irrupción del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) por las calles de San Cristóbal de las Casas.


El progenitor de Petrona contaba por aquellos días con 75 años, suficientes para erigirse en autoridad moral entre los zinacantecos, sentado en un pequeño banco evocaba pasajes de la historia de su pueblo: “Hace muchos años (quizás en la época de la evangelización novohispana) nuestros antepasados enterraron al dios murciélago y lo cambiaron por San Lorenzo, y pasado el tiempo el poblado se ha convertido en una “casa de flores” (nailnichin) con sus dos mil quinientos invernaderos de alcatraces, claveles, crisantemos y rosas”.


Su hija Petrona, sin embargo, se aferraba a la tradición y prefería el telar de cintura antes que la floricultura o el eventual uso de máquinas para la fabricación de sus tejidos.


“Nosotras no queremos dejar nunca de tejer, desde nuestros ´anteabuelos´ nos enseñaron a tejer y para nosotras trabajo a mano es más importante que máquina y flores”, respondió en aquel entonces Petrona Agustina.


Por esos años ella era una artesana que figuraba ya en las páginas de revistas especializadas como “Mundo Maya” y “Arte de México”, en las que aparecía modelando prendas de vestir a la usanza zinacanteca o trabajando en su telar en el que movía diestramente las manos sobre los hilos de la urdimbre para dar forma al diseño del tejido. Petrona insistió: “¿máquina para que vaya diferente el bordado?, no; para nosotras es importante el trabajo de mano, porque gente de otros países quieren que sigamos así, porque quieren conocer cómo lo hacemos”.


Ella contaba con diez años cuando comenzó a tejer y llevaba, para entonces, dos décadas haciendo lo mismo. No hay escuelas para aprender el arte, sus secretos y habilidades se transmiten oral y manualmente de una generación a otra.

Y a pesar de que Petrona se mantenía arrodillada durante las cinco largas horas que pasaba frente al telar, ella aseguraba que no le molestaba esa incómoda postura.


“Estamos acostumbradas porque esto lo venimos haciendo desde nuestros ´anteabuelos´”, justificaba. “Antes no había tantas artesanas colgadas de los telares; yo y mi hermana Pascuala fuimos primeras artesanas, por eso ahora es difícil la situación para nosotras”, se quejó.


Pero ni los apremios que imponían tanto la competencia como el uso de máquinas y el encarecimiento de las materias primas la hicieron flaquear; el mundo de Petrona era, definitivamente, el telar, lo cual dejó bien asentado en sus palabras finales:

“Yo me quiero morir siendo tejedora, para siempre…para toda mi vida”.


Persiste el rezago social


Pero ¿qué hay de Zinacantán? En la actualidad y de acuerdo con cifras del INEGI del 2015, es un municipio que cuenta con poco más de 40 mil habitantes, muchos de los cuales viven en situación de “muy alto” rezago social.


El informe anual (2017) de la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol) sobre la situación de pobreza y rezago social (2) reveló que, pese a los logros alcanzados, a estas alturas del siglo XXI la demarcación todavía exhibe un rezago educativo del 56.50%, frente a la media estatal de 31.76%. Además, 32.60% de su población habita viviendas en condiciones de

hacinamiento; 30% no tiene acceso al agua entubada y 20% no cuenta con drenaje.

De estas historias está lleno nuestro México profundo.

1https://www.gob.mx/cdi/articulos/etnografia-de-los-pueblos-tzotzil-batsil-winik-otik-y-tzeltal-winik-atel?idiom=es, versión electrónica consultada el 7 de agosto de 2018.

2http://diariooficial.gob.mx/SEDESOL/2017/Chiapas_111.pdf, versión electrónica consultada el 7 de agosto de 2018.

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El Reformador 1076,

Col. Prensa Nacional, 

Tlalnepantla Edo. de Méx.

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