“♪No le temo a la muerte♪, más le temo a la vida…♪”



Huesos blanquecinos sin mácula de sangre, amigable, seductora, juguetona, bien vestida cual catrina, graciosa y vaciladora, la muerte entre los mexicanos es, al mismo tiempo, grave ritual y jolgorio.


Es alegoría del dolor; valentonada en los corridos; resignación y olvido en el tiempo y el espacio. El poeta chiapaneco Jaime Sabines afirmaba que morir es olvidar y ser olvidado es retirarse, hacerse a un lado.


Sabines nos atrapó con su romanticismo mortuorio:

“Acabo de desenterrar a mi madre, muerta hace tiempo. Y lo que desenterré fue una caja de rosas: frescas, fragantes, como si hubiesen estado en un invernadero. ¡Qué raro es todo esto!” ( 1 )


El Premio Nobel de literatura, Octavio Paz, escribió que “la muerte mexicana es el espejo de la vida de los mexicanos…El desprecio a la muerte no está reñido con el culto que le profesamos…La muerte nos seduce”. ( 2 )


En tanto que para el escritor chileno Pablo Neruda, todo lo mágico surge y resurge siempre en México y concluye: “lo pintoresco envuelve de tal manera los dramas mexicanos que uno vive pasmado ante la alegoría, una alegoría que se aleja más y más de la palpitación intrínseca, del esqueleto sangriento”. ( 3)


Además del muralista Diego Rivera, en la música el Charro Avitia, “La voz del corrido”, fue, sin duda, uno de los cantantes que dio tonalidad y trató con familiaridad a la lúgubre “huesuda”. En el corrido “La Muerte”, canta, con su inconfundible fonética, de esta manera:

“♪Viene la muerte luciendo

♪ mil llamativos colores, ven dame

♪ un beso, pelona, que ando huérfano

♪ de amores; no le temo a la

♪ muerte, más le temo a la vida…♪”.


De rito “morboso” a patrimonio de la humanidad

La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) declaró en 2003 a esta celebración “Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad”, cuya “catrina” se ha convertido o está en vías de serlo un icono más de la rica cultura nacional, junto con la china poblana y el mariachi.


Todo esto a pesar de que en los años cuarenta del siglo XX se decía que México era un país escatológico (sucio) y morboso, en el que sus pobladores se burlan de la muerte, juegan con ella y se la comen virtualmente convertida en dulces de azúcar, según cita de la fallecida historiadora Elsa Malvido, quien en vida se desempeñó como profesora e investigadora adscrita a la Dirección de Estudios Históricos de la Coordinación Nacional de Antropología del INAH y coordinadora del Taller de Estudios sobre la Muerte. ( 4 )


Hoy la muerte aparece en desfiles alegóricos y forma parte ya de nuestros dichos y refranes, y así decimos: “¡espántame panteón!”, “casamiento y mortaja del cielo bajan”, “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”. “mujeres juntas, ni difuntas”; “de buenas intenciones están llenos los panteones”, “te espantas del difunto y te abrazas de la mortaja…”


El culto a los muertos

Pero ¿de dónde viene el culto a la muerte?

Si bien en México la celebración de Los Fieles Difuntos y Todos Santos o Día de Muertos, la cual tiene lugar los días 1 y 2 de noviembre de cada año, ha adquirido con el paso del tiempo el carácter de festividad nacional, los antropólogos e historiadores establecen que desde tiempos muy remotos y hasta nuestros días las diferentes culturas milenarias (sumeria y egipcia) tanto como las modernas han practicado el culto a los difuntos.


Testimonios de esta práctica funeraria son, tal como lo menciona Malvido, en la antigüedad: las tumbas sagradas de Pekín y Shian, los templos budistas, las pirámides mayas e incas, el Taj Mahal, y las abadías y santuarios; mientras que en los días que corren tenemos los mausoleos de Lenin y Mao Tse Tung, en Moscú y Pekín, así como el Ángel de la

Independencia y el Monumento a la Revolución Mexicana en nuestro país.


Las excavaciones arqueológicas indican que los primeros entierros mesoamericanos eran sencillos, casi desprovistos de ofrendas. Más tarde los sepulcros fueron sustituidos por inhumaciones cada vez más individualizadas y caracterizadas por su riqueza arquitectónica y ceremonial.


En el libro maya “Popol vuh” se menciona que los cuatro fundadores de los linajes quiché (Jaguar Quitzé, Jaguar Noche, Mahucutah y Jaguar Oscuro) en el momento previo a la muerte instruían a sus descendientes no olvidar tres cosas: recordar a los ancestros, visitar el lugar de origen: Tulán Zuyuá, y reverenciar las reliquias del difunto. ( 5 )


Entre los mexicas se creía que, incinerados o sepultados, la mayor parte de los muertos iban a reunirse para alcanzar el eterno reposo en el inframundo tenebroso llamado Mictlán, al que llegaban acompañados de sus respectivas ofrendas (joyas, armas y perros), después de atravesar nueve infiernos. ( 6 )


Las calaveras





Otro componente simbólico y literario de la comentada celebración son las calaveras. En su ensayo “Día de Muertos y Calaveras”, el escritor José Rogelio Álvarez refiere que en el México prehispánico existieron ritos craneanos desde el periodo mesolítico, fase Coscatlán (4800 a 3500 a.C.) consistentes en cortes de cabeza, antropofagia de cerebros y estallamiento intencional.


Después, durante todo el periodo Preclásico (2400 a 300 a.C.), se encuentran calaveras como acompañamiento funerario en el centro y sur de Mesoamérica. Pero fueron los toltecas quienes hacia el siglo XII inventaron el muro de cráneos o Tzompantli. ( 7 )


La calavera se encuentra entre los aztecas íntimamente asociada a la muerte.

Deidades que la representan, tales como Coatlicue (la vieja madre de todos), Miquiztli (dios de la muerte) y Mitlantecuhtli (señor de las profundidades de la tierra) muestran una sesera pelada. ( 8 )


En la actualidad ya no existen los Tzompantli, estos fueron trocados por dulces de azúcar y composiciones literarias chuscas en las que, durante el Día de Muertos, se les “pinta su calavera” a conocidos personajes de la política y la farándula. Citado por Elsa Malvido, el escritor y geógrafo, Antonio García Cubas (1832-1912), decía ocurrente que los mexicanos del siglo XIX eran osteófagos, ya que durante la conmemoración del Día de Muertos se la pasaban comiendo “esos dulces de azúcar que generalmente representan cráneos, esqueletos, tibias y otros huesos del ser humano”.


Las ofrendas



Y finalmente, las ofrendas. El dominico fray Diego Durán (1537-1588) dejó asentado que pasados algunos años de la conquista observó cómo el día de Todos Santos los nativos ponían ofrendas para los niños muertos, y al siguiente día otras para los difuntos adultos. Las donaciones consistían en dinero, cacao, cera, aves, frutas, semillas en cantidad y “cosas de comida”. ( 9 ) En los días que corren una ofrenda completa se compone de flores de cempasúchil, ceras, alimentos, bebidas alcohólicas, imágenes religiosas y del o

los difuntos.


José Eric Mendoza Luján, profesor e investigador de la Dirección de Antropología Física del INAH, puntualiza que la ofrenda se prepara y exhibe como expresión de sentimientos de gratitud, amor y veneración hacia el difunto o en atención a las ánimas que en noviembre acuden a su antiguo hogar a disfrutar de las buenas cosas que en su situación y recinto de muerte les son vedadas.

Y como dijo el Charro Avitia: “Se va la muerte cantando/ por entre las nopaleras/ en qué quedamos pelona/ me llevas o no me llevas”.



1 Jaime Sabines, “Algo sobre la muerte del mayor Sabines, Maltiempo y otros poemas sueltos”, ed. Joaquín Mortiz, mayo 2001, p.39.

2 Paz, Octavio, “El laberinto de la soledad”, ed., FCE, 1959, segunda edición revisada y aumentada, tercera reimpresión de la Colección Popular, 1972.

3 Pablo Neruda, “Confieso que he vivido”, ed. Seix Barral, primera reimpresión de la séptima

edición (1983), p.231.

4 Malvido, Elsa, “La festividad de Todos Santos, Fieles Difuntos y su altar de muertos en

México”, en Cuadernos del Patrimonio Cultural y Turístico Número 16.

https://www.cultura.gob.mx/turismocultural/cuadernos/pdf/cuaderno16.pdf

5 Florescano, Enrique, “Memoria Indígena”, ed. Taurus, 1999, p. 184.

6 Soustelle, Jacques, “La vida cotidiana de los aztecas en vísperas de la conquista”, ed. FCE, vigésima reimpresión de la segunda edición 1970, pp. 199-202.

7 Álvarez, José Rogelio, “Costumbres y Tradiciones Mexicanas (vol. I)”, ed. Everest, s/f/e,

pp.133 y 134.

8 Álvarez, José Rogelio, op., cit., p.134.

9 Mendoza Luján, Eric, “Día de Muertos, Fieles Difuntos”, en Cuadernos del Patrimonio Cultural y Turístico Número 16. https://www.cultura.gob.mx/turismocultural/cuadernos/pdf/cuaderno16.pdf

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El Reformador 1076,

Col. Prensa Nacional, 

Tlalnepantla Edo. de Méx.

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