Navidad y Año Nuevo con sabor a México

Remontémonos hasta unos cuantos años antes del I acatl (1519), cuando la gran Tenochtitlán era gobernada por Moctezuma II (xocoyotzin)(1), y asistamos a las fiestas de “Navidad” y “Año Nuevo” en cualquiera de los cuatro calpullis o barrios principales (Teopan, Atzacualco, Cuepopan y Moyotlan) de la metrópoli mexica.



¿O qué tal un recorrido por el Zócalo de mediados del siglo XIX, por los puestos atiborrados de mercadería navideña, así como por los alegóricos y muy apreciados nacimientos de las calles del Empedradillo y Chavarría? Ahí en ese espacio emblemático - Plaza de la Constitución- y sus alrededores las fiestas decembrinas atraían a una bulliciosa muchedumbre que iba y venía entre pilas de naranjas, jícamas y tejocotes, gentío que mercaba los utensilios para armar el nacimiento: portales (pesebres), estrellas, magueyes, ánades (patos), garzas, bañadores, pastores, estrellas y cometas, según el relato que de esa época hizo el poeta y político liberal Guillermo Prieto.


Así recreó el propio Prieto esa romería, en una de sus crónicas costumbristas que escribió en el periódico “El Siglo XIX”: “Dos o tres días antes de la Nochebuena -narra- ya se hacían marcadamente sensibles el calor, la vida y la alegría que comunica el tráfico. Inmenso era el número de forasteros que acudían a la gran ciudad a proveerse de toda clase de artículos.“Todo el centro, para no andarse con picos- acentúa Prieto- se declaraba inmenso mercado”(2). Allá vamos pues y empecemos, tras esta introducción, por el México precolombino y de la mano de los historiadores echemos un vistazo a las casas y teocalis. Durante la “Navidad”, que nuestros ancestros celebraban en el 12º mes (teotleco o pachtontli) del calendario azteca, mes que comprende los días que van del 21 de septiembre al 10 de octubre, los templos y las casas se ornamentaban vistosamente y se hacían ofrendas en espera de la llegada (¿nacimiento?) o subida de los dioses. Era un mes de fiesta y penitencia: la gente tomaba un baño ritual y se repartía entre la población el maíz sagrado, que en una caprichosa y muy personal extrapolación, podría equipararse a la actual cena de Navidad. En esta ocasión los aztecas además de inmolar esclavos se sometían a penitencias, punzándose las orejas, el pecho y las pantorrillas, de acuerdo con lo que refiere el historiador Enrique Florescano.(3)

Por lo que concierne a la celebración del “Año Nuevo”, que los nahuas nombraban la fiesta del “inicio de lo venidero”, de un nuevo ciclo de resurrección y crecimiento, ésta tenía lugar en el 18º mes (Izcalli), último del año(4), en consonancia con los tiempos marcados en la piedra del sol. Si recreamos las versiones de los historiadores podemos imaginar a hombres y mujeres que reciben el año nuevo con danzas y gritos de júbilo al ritmo del teponaztli, el huéhuetl (tambor), los tlapitzallis (flautas) y los acayachtlis (sonajas), “pues, dice Florescano, había bailes de hombres y mujeres”.

La festividad estaba dedicada al dios Xiuhtecutli, también conocido como Huehuetéotl (dios viejo y señor del año y del fuego). Para esta celebración se hacía una estatua de la mencionada deidad, ante la cual se encendía el “fuego nuevo” que daba la bienvenida al naciente año. Y en los hogares se echaba la casa por la ventana, pues además de los bailes se montaban ofrendas, se servía comida e iniciaba la siembra de los montes.(5) Teponaztli, uno de los instrumento musicales de percusión con que se animaban las las fiestas y ceremonias religiosas. Ya a mediados del siglo XIX, liberados los mexicanos de las tres centurias de tutela española y bien arraigadas entre la población las tradiciones católicas traídas del Viejo Continente por los frailes franciscanos, dominicos y agustinos(6) (entre ellas la de las piñatas), las fiestas navideñas y del Año Nuevo tomaron el cariz que tienen actualmente.


“La plaza (la venta callejera en el Zócalo de avíos navideños), el rorro (el nacimiento y el arrullo del Niño Dios) y sobre todo la cena y la misa de gallo eran la causa de la agitación universal”, refiere Guillermo Prieto(7) (a quien Ignacio Manuel Altamirano nombró “el poeta de la patria”) al describir el júbilo, la fiesta, el jolgorio, que se vivía durante la temporada decembrina en el México de mitad del siglo XIX.

¿Y qué decir de las posadas?, de esa feliz paradoja navideña donde se mezcla lo místico con ese bullicioso y juerguístico novenario previo a la llegada del Señor. El primer geógrafo de México Antonio García Cubas (1832-1912) dice en su obra “El libro de mis recuerdos” (1906): “En ningunos actos, tanto como en éstos, ha tratándose de unir estrechamente lo humano con lo divino, la diversión con el fervor religioso, o como vulgarmente se dice, la ópera con el sermón”.(8)

Hablemos también de la tradición de los nacimientos navideños.


En el México decimonónico, cuando el famoso “Manual de Carreño” prescribía como funciones de la mujer atender al marido y generar en su hogar un clima de dulzura, dos de estas representaciones alegóricas del natalicio de Jesús eran el centro de atracción de los capitalinos. García Cubas menciona que una se montaba en casa del obispo de Madrid localizada en la calle Chavarría(9), hoy Justo Sierra; la otra en el corredor Camargo de la antigua calle del Empedradillo.(10)

Del México decimonónico data, también, la tradición de colocar en un lugar privilegiado de la casa el vistoso Árbol de Navidad. Una publicación de la BBC Mundo(11) indica que este imprescindible ornamento decembrino es creación de San Bonifacio, apóstol de Alemania, quien lo bautizó como el “árbol del universo”, cuyos adornos de velas y manzanas eran el símbolo del amor de Dios hacia la humanidad. En el mismo artículo se especifica que la tradición del árbol navideño llegó a México en 1864 con Maximiliano y Carlota.


Y para concluir, la cena navideña.


Guillermo Prieto nombra los alimentos que figuraban en una buena cena de Nochebuena: “No habían de faltar ni el bacalao en chileajo, ni los chiles rellenos en nogada con sus granos de granada, ni los romeritos con tortas de aguautle (hueva del mosquito axayácatl), ni las lentejas con rebanadas de piña, ni los navegantes con su chile pasilla, ni el pescado con aceite y vinagre…,ni la ensalada de Nochebuena preparada con confites, piñones, betabel, jícama, cacahuates, acitrones, y pasas frescas, ni los dulces que incluían los exquisitos buñuelos y los hojaldres…, como tampoco debían olvidar se las siguientes delicadezas: aceitunas convertidas en conejillos, rábanos en forma de ramos pomposos y figuras de caballos y dragones hechas con jícamas.”(12)

A este “arsenal” de platillos navideños tendrían que añadirse hoy el pavo o guajolote13, obsequio de México al mundo y símbolo universal de la Navidad, al igual que el obligado ponche. La Navidad con sus posadas y piñatas, el nacimiento, el árbol y la cena, así como la fiesta de Año Nuevo, tienen, pues, entre los mexicanos su propia historia y peculiaridades. ¡Feliz Navidad y un Año Nuevo lleno de realizaciones les desea Amantoli!

1 Pequeño, menor, para distinguirlo de su antecesor Moctezuma Ilhuicamina (el de mal carácter, el colérico).

2 Álvarez, José Rogelio, “Costumbres y tradiciones mexicanas” vol. II, Ed. Everest, s/f/e, p.442.

3 Florescano, Enrique, Memoria indígena, apéndice I, Ceremonias anuales de los nahuas, según Sahagún y Durán, Ed. Taurus, 1999.

4 El 18º y último mes del año azteca comprende en el calendario gregoriano que rige actualmente en todo el mundo el lapso del 19 de enero al 7 de febrero.

5 Florescano, op.cit. Ceremonias anuales de los nahuas, según Sahagún y Durán,

6 El fraile Antonio de Remesal, autor de la obra: “Historia General de las Indias Occidentales y particularmente de la gubernatura de Chiapa y Guatemala” (tomo I, 1619, edición de Porrúa), refiere que Fray Pedro de Gante y Juan Tecto o Juan de Ahora, religiosos de origen flamenco, fueron los primeros en pisar el Nuevo Mundo. Ellos recibieron en Veracruz a los 12 franciscanos que arribaron para iniciar la evangelización, entre los que figuraba fray Toribio de Benavente (Motolinía). A los franciscanos siguieron un poco más tarde otros doce dominicos.

7 Guillermo Prieto escribió entre 1828 y 1853 “Memorias de mis tiempos” y en su columna “San Lunes”, que aparecía en el periódico El Siglo XIX con el seudónimo de Fidel, plasmó cuadros de las costumbres de su tiempo. Ver página 97 del libro “Costumbres y tradiciones mexicanas-I” (José Rogelio Álvarez), editorial Everest.

8 Álvarez, José Rogelio, op. cit., p. 380.

9 La antigua calle de Chavarría es la prolongación de Donceles hacia el oriente de la ciudad de México. Hoy se le conoce como calle de Justo Sierra.

10 La antigua calle del Empedradillo es el área que limitaba al norte con República de Guatemala, al poniente con la calle Monte de Piedad, al oriente con el atrio de la Catedral y al sur con la Plaza de la Constitución.

11 Ana Marisol Angarita, http://www.bbc.com/mundo/noticias/2010/12/101206_navidad_tradiciones_america_latina_amab

12 Álvarez, José Rogelio, op. cit., p.p. 443 y 444.

13 El guajolote era desde el siglo XVII un elemento insustituible del arte culinario colonial, puesto que incluso en el reglamento de alumnos de la Real y Pontificia Universidad de México se especificaba que para aprobar los exámenes de profesión era necesario obsequiar ejemplares del ave a sus diferentes sinodales. Fuente: INAH, http://www.inah.gob.mx/es/boletines/2192-cena- navideña

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El Reformador 1076,

Col. Prensa Nacional, 

Tlalnepantla Edo. de Méx.

Amantoli. Detalles inolvidables

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