El muerto al hoyo y el vivo al bollo

“Calaveras de azúcar o de papel de China y esqueletos coloridos de fuegos de artificio, nuestras representaciones populares son siempre burla de la vida, afirmación de la nadería e insignificancia de la humana existencia”, de esta manera interpretó el premio Nobel de literatura, Octavio Paz el significado de nuestro Día de Muertos. (1)


Toda la calavérica y esquelética escenografía (con sus rimas, cohetones y bollos de temporada) no es otra cosa que una mascarada de la vida.Decía el periodista, poeta y político de la Reforma, Guillermo Prieto:“El Día de Difuntos es uno de los que da más quehacer a los vivos; varios días antes del Día de Finados se recomponen las lápidas de los sepulcros, cosa muy del agrado de doradores y grabadores, y comerciantes en mármoles”.(2)En esta fecha, enumeraba Paz: “adornamos nuestras casas con cráneos, comemos panes que figuran huesos y nos divierten canciones y chascarrillos en los que ríe la muerte pelona; pero toda esta fanfarrona familiaridad no nos dispensa de la pregunta que todos nos hacemos: ¿qué es la muerte?”. (3)¿Es, acaso, decimos nosotros, el paso previo a la resurrección o a la eternización del alma? O, tal vez, simplemente ¿el último suspiro del ciclo biológico natural delas especies vivientes?



Dejemos de filosofar y vayamos al grano: el de México es, ante todo, un pueblofiestero y ritual. Así lo retrató Paz y así lo registraron, muchos años antes que él,los cronistas de la conquista al enumerar las distintas celebraciones que llevabana cabo nuestros antepasados indígenas (4) .Esto nos muestra que los mexicanos tenemos una ancestral propensión al jolgorio, al desmadre, “culta palabra” esta última que según la Real Academia de la Lengua Española significa “juerga desenfrenada”.

Paz llegó a considerar que “las fiestas son nuestro único lujo; ellas sustituyen, acaso con ventaja, al teatro y las vacaciones; al week end y al cocktail party de lo sajones; a las recepciones de la burguesía y al café de los mediterráneos”. (5) Y agregó: “es significativo que un país como el nuestro tenga tantas y tan alegres fiestas”.



Así es que la “fiesta de los vivos” dedicada a los muertos -celebrada en México los días 1 y 2 de noviembre de cada año- forma parte, desde hace tres lustros, del“patrimonio oral e intangible de la humanidad” por declaratoria de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).Y de Sancho Panza, el inseparable escudero del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, es la frase que bien sintetiza una de las tradiciones propias de esta festividad: “el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza” (el muerto al hoyo y el vivo al bollo) (6) .Pues el consumo del pan de muerto (exclusivo de esta temporada), representa el 1% de todo el pan producido durante el año, y el ingreso por su venta asciende a mil 500 millones de pesos, más o menos, de acuerdo con información proporcionada por la Cámara Nacional de la Industria Panificadora (CANAIPA).

La muerte sale a pasear


De manera que, gracias a ese carácter festivo propio, pues, del mexicano, el Día de Muertos ya se instaló en las principales avenidas de la metrópoli, al traspasarlos linderos de los concurridos panteones, con sus frías lápidas y sepulturas que por estas fechas lucen limpias y enfloradas.Igualmente, la celebración ya no se circunscribe a la intimidad de muchos hogares“chilangos”, en los que las ofrendas se engalanan con flores de cempasúchil, incienso de copal, papel de China picado, calaveras de azúcar, mole, aguardiente, cigarros, puros y veladoras.


No, ya se desparramó la fiesta hacia la vía pública y por tercer año consecutivo, el sábado 27 de octubre, las céntricas calles de la Ciudad de México dieron cauce al desfile de las coloridas e ingeniosas “catrinas” que marcharon, en homenaje a los migrantes, en medio de carros alegóricos, marionetas, inflables y calaveras gigantes, en algo que sólo puede ser un mexicanísimo espectáculo.Siguiendo con Octavio Paz decimos: si bien para los habitantes de Nueva York,París o Londres la palabra muerte es impronunciable porque “quema los labios”,para el mexicano, en cambio, “es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente”. (7)



Se trata para los descendientes de Cuauhtémoc y la Malinche de un ente esquelético, huesudo, al que se saca a pasear en desfiles de temporada, se le santifica (“La Santa Muerte”), se le paladea en forma de calavera de azúcar, es pieza central de versos jocosos (las calaveras marrulleras, azote de políticos,“malandros” y gente pendenciera), se le festeja y acaricia, y se le glorifica en corridos.

Sincretismo con raíces prehispánicas y medievales

El historiador Enrique Florescano señala que el culto a los antepasados nació en los remotos inicios de la cultura mesoamericana, cuando los familiares enterraban a sus muertos debajo del piso de la choza. “Así, la tierra ocupada por los ancestros se convirtió en el punto de cohesión más importante de los grupos campesinos. Era el vínculo que unía a los antepasados con las nuevas generaciones”.(8)

El arqueólogo mexicano Eduardo Matos, director del proyecto “Templo Mayor”,dice, apoyado en textos de fray Bernardino de Sahagún (Historia General de lasCosas de la Nueva España), que los muertos iban a dos lugares: al Tlalocan o a Mictlán. En el primero “descansaban” los que morían víctimas de un rayo,ahogados o por ser leprosos, hidrópicos o gotosos. Al Mictlán iban los guerreros muertos en combate, las mujeres que expiraban en el parto. También reposaban en ese mítico lugar quienes fallecían por enfermedad común, trátese de nobles o de plebeyos. (9)

A su vez, el antropólogo Jacques Soustelle estableció que los aztecas practicaban dos modalidades de ritos mortuorios: cremación y entierro. Excepto los que fallecían por ahogamiento, fulminados por un rayo, los leprosos, gotosos e hidrópicos, que recibían sepultura, el resto de los cadáveres eran consumidos por el fuego.(10)

Por lo que toca a la fecha en que los mexicas recordaban a sus difuntos,Francisco Cervantes de Salazar (“Crónica de la Nueva España”, Fundación ElLibro Total) escribió que a los niños muertos se les evocaba el día que en el calendario gregoriano corresponde al ocho de agosto, cuando tenía lugar la octava fiesta del año llamada “Miccailhuitl” o fiesta de muertos.

En este mismo sentido, Matos refiere que fray Diego Durán en su “Historia de lasIndias de la Nueva España”, dejó testimonio de la existencia de dos momentos dedicados al culto a los muertos: uno en el noveno mes del calendario nahua, en memoria de los niños difuntos, llamado “Miccailhuitlontli” y otro en el décimo mes o “Hueymiccailhuitl” 11 , cuando se recordaba a los muertos mayores.


A la par de toda esa herencia precolombina sobre el culto a la muerte, la desaparecida doctora Elsa Malvido dejó para la posteridad sus investigaciones acerca del origen de la fiesta tal como la conocemos hoy. Sus estudios nos remiten a la Europa del siglo X cuando el abad de Cluny (Francia) instituyó la celebración de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos en honor de los macabeos, judíos reconocidos como mártires en el santoral católico. (12)De modo que, dicho por la que fue reconocida antropóloga del INAH, los orígenes de los altares de muertos, las calaveras de azúcar y los panes con forma de hueso se remontan al medioevo católico europeo, sin que por ello tengan menor valía, desde luego, aportaciones nativas tales como las catrinas y esqueléticos personajes de José Guadalupe Posadas, los versos chocarreros, las fiestas y veladas en los cementerios, los arcos y arreglos elaborados con flores de cempasúchil y los conjuntos musicales que le cantan a los difuntos.


1 Paz. Octavio, “El laberinto de la soledad”, ed. FCE., 1959, segunda edición revisada y aumentada, tercera reimpresión de la Colección Popular, 1972, p.53.

2 Álvarez, José Rogelio, “Costumbres y tradiciones mexicanas” (vol. I), ed. Everest, s.f.e.

3 Paz, Octavio, op. cit., p.53.

4 Francisco Cervantes de Salazar (1518-1575) menciona en su obra “Crónica de la Nueva España” veinte principales fiestas anuales en las que los mexicas celebraban a sus “demonios” (dioses), entre los que cita a Tláloc, Chalchihutlicue, Tezcatlipoca y Quetzalcóatl.

5 Paz, Octavio, op. cit., p.43.

6 Cervantes Saavedra, Miguel de, “Don Quijote de la Mancha”, ed., Punto de Lectura, 2013 (⁹) edición corregida y aumentada, p.173.

7 Paz, Octavio, op. cit. p. 53.

8 Florescano, Enrique, “Memoria indígena”, Editorial: Taurus, 1999, pp. 181 y 182.

9 Álvarez, José Rogelio, op. cit., pp. 88-92.

10 Jacques Soustelle, “La vida cotidiana de los aztecas en vísperas de la conquista”, ed. FCE, vigésima reimpresión de la segunda edición (1970), pp. 199-201.

11 Álvarez, José Rogelio, op. cit., p. 92.

12 Malvido, Elsa, http://www.inah.gob.mx/es/boletines/1485-origenes-profundamente-catolicos-y-no-prehispanicos-la-fiesta-de-dia-de-muertos-2

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El Reformador 1076,

Col. Prensa Nacional, 

Tlalnepantla Edo. de Méx.

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