Campeche: Tierra de piratas, del palo de tinte y el chicle



Si considera que la saga “Piratas del Caribe” es solamente una ficción llevada a la pantalla grande por la empresa cinematográfica Walt Disney, entonces usted tiene que adentrarse en este artículo y asomarse al Campeche, “La perla del Golfo”, de los siglos XVII y XVIII.O si cree que la goma de mascar o chicle (zicté y zíctli en lenguas maya y náhuatl, respectivamente) fue invención del estadounidense James Adams, secretario particular y traductor al servicio del controvertido dictador Antonio López de Santa Anna, entonces usted debe viajar en el tiempo hasta el periodo clásico durante el cual floreció la civilización maya.

Pues se sabe que desde tiempos inmemoriales los indígenas pertenecientes a esta etnia masticaban el chicle para producir salivación abundante y lo usaban como dentrífico, para limpiarse los dientes; lo conocían como “zicté y al chicozapote como ““ytziá”.

De entrada, podemos adelantar que ni los piratas del Caribe, ni el palo de tinte o palo negro (´ek en lengua maya), ni la goma de mascar, reconocida mundialmente por la marca Chiclet´s Adams, son ajenos a la historia del estado y puerto de Campeche, nombre que Alejandro Von Humboldt tradujo como “serpiente garrapata” (“kam”=serpiente;“pech”= garrapata), mientras otros autores remiten dicha toponimia al legendario sacerdote maya “Kin Pech”.



En el puerto de Campeche, villa fundada el 4 de octubre 1540 por Francisco de Montejo, nació la palabra “coctel”, empleada mundialmente para referirse a una mezcla; ser campechano no es solamente un gentilicio, sino, también, un adjetivo que la Real Academia de la Lengua define como “persona franca, afable, sencilla, que no muestra interés alguno por las ceremonias y formulismos”, y de este estado son las “campechanas”, ese pan hojaldrado delicia de la mesa del mexicano.

La entidad y su capital fueron dotadas por la naturaleza, no con minas de metales preciosos, pero sí con recursos silvícolas y petroleros que en diferentes momentos de su historia las han convertido en un verdadero emporio de dimensiones internacionales.

¡Piratas a la vista!


Pero vayamos al Campeche de los siglos XVII y XVIII, época durante la cual unos 15 corsarios de diferentes nacionalidades asolaron la bahía; iban, particularmente, por un estimado tesoro: el palo de Campeche.

Según los historiadores, (1) uno de los más crueles fue el holandés Rock Brasiliano, bebedor contumaz, “brutal, sanguinario y audaz”, que atacó Campeche en 1665 y 1670. Durante una de sus incursiones, asó vivos a varios españoles que se negaron a informar sobre el sitio donde se encontraba el hato de cerdos que pretendía robar.

Otro corsario, no menos despiadado, fue “Lorencillo” (Laurent Graff), de origen flamenco-español, el cual, acompañado por sus secuaces Van Horn y Agrammont, atacó a la “Perla del Golfo” un 6 de julio de 1685. Ese día, “el más triste de su castiza historia”. (2) apareció a la vista de la población campechana porteña su poderosa flota de 38 embarcaciones, entre navíos de alto bordo y piraguas, con una tripulación de 1,500 hombres.


Los registros del suceso refieren que “Lorencillo” sometió a la población a vejaciones de todo tipo, allanando hogares e iglesias; al dejar la bahía, el filibustero embarcó de regreso con 9,500 cargas de maíz, palo de tinte y todos los objetos de valor que pudo robar. ( 3 )Y cerrando la trilogía del terror se ubica Francisco Lolonis, apodado “Lolonés”, corsario atroz cuya ferocidad lindaba con el salvajismo.

Cuentan las crónicas que cierta vez, teniendo en su poder a dos prisioneros ató a uno de ellos a un árbol y le extrajo el corazón, obligando al otro a comérselo. A estos bucaneros habremos de sumar a “Pata de palo” (François Leclerc), el “Barbillas”, Capitán Cook, Robert Chevalier, John Hawkins, Jacobo Jackson, Mansvelt, Henry Morgan, Diego el “Mulato”, William Parker y Lewis Scott.

Tanta atrocidad y sangre derramada por los piratas obligaron a las autoridades coloniales a construir un fuerte, a partir del 3 de enero de 1686 y hasta su culminación en 1774, cuando, dicen algunos autores, había pasado ya la era de la piratería. (4)


De cualquier forma, ahí quedó ese elefante blanco para la posteridad, con sus 8 y 6.5 metros de altura, según se le vea por el lado de la tierra o por el frente marítimo y sus muros de 2.5 metros de ancho, mudos testigos de una azarosa época. (5)

Ék: un árbol de 24 quilates

Durante el siglo XIX, los barcos de vela que entraban a los puertos del Carmen y de Campeche descargaban en sus bodegas un sinnúmero de productos provenientes de Europa y los Estados Unidos y salían con una única mercancía: el palo de tinte, dicen los investigadores Pascale Villegas y Rosa Torras. (6)

Empleado por los mayas en tiempos precolombinos para el teñido de mantas, y luego explotado comercialmente durante el virreinato por el encomendero Marcos Ayala, la corona española, (7) los ingleses y los piratas, el “palo negro”, “palo de tinte” o “palo de Campeche”, dio renombre mundial a esta entidad federativa.

El autor Carlos Justo Sierra cita una información cursada por Diego de Quijada en 1565 al rey de España Felipe II en la que decía: “hay de esto tanta cantidad en todas las costas de esta provincia, Yucatán, y en las de Tabasco y Nueva España que se pueden cargar cada año todas las carracas (bergantines con gran capacidad de almacenamiento) del mundo”. (8) No obstante, los años de “boom” de la explotación del palo de tinte se sitúan a finales del siglo XVIII y durante el XIX, señala Sierra.

El autor Carlos Justo Sierra cita una información cursada por Diego de Quijada en 1565 al rey de España Felipe II en la que decía: “hay de esto tanta cantidad en todas las costas de esta provincia, Yucatán, y en las de Tabasco y Nueva España que se pueden cargar cada año todas las carracas (bergantines con gran capacidad de almacenamiento) del mundo”.

( 8 ) No obstante, los años de “boom” de la explotación del palo de tinte se sitúan a finales del siglo XVIII y durante el XIX, señala Sierra.


Inglaterra, Francia, Alemania, Génova, Holanda, España, Dinamarca, Bélgica, Noruega, Suecia, Rusia, Nápoles, Portugal y Estados Unidos eran destinos finales, cuyas industrias textiles se beneficiaban de la devastación a la que fue sometida esta especie silvícola

(haematoxylum campechianum) en los pantanos y selva de Yucatán, Campeche y Tabasco.

Refieren los estudiosos del asunto que cuando en 1665 los ingleses arrasaron y convirtieron en tierras yermas las que fueron arboledas de palo de tinte en Cabo Catoche, la bahía de Campeche tomó el lugar del nuevo Eldorado. ( 9 )

Fue de tal magnitud el saqueo del palo de tinte a que fue sometido el país entre 1850 y 1910 que tuvieron que habilitarse unos 13 puertos a lo largo de las costas de Tabasco, Campeche y Yucatán para sacar los embarques con destino a los Estados Unidos y Europa. Sólo Ciudad del Carmen llegó a tener ¡12 muelles! que daban cabida a embarcaciones de 400 a 800 toneladas. (10)

Y, para variar, eran extranjeros los usufructuarios de este recurso natural; españoles: Gutiérrez y Cía., Juan Ferrer y Otero, y Esteban Paullada; franceses: Benito y Francisco Anizan y Cía., Pablo Paoli y Andrés Guiliani; inglés: Juan Repeto. (11)

Chicle con sabor amargo


Luego de su estancia de ocho meses en la selva, extrayéndole la savia al árbol de chicozapote, marchaban los indígenas por las poblaciones de Campeche con el rostro mutilado por la temible mosca chiclera o arropados para mitigar el escalofrío del paludismo; padecían, también, los efectos de las picaduras del “grillo blanco” que producían abscesos monstruosos y podredumbres en algunas partes del cuerpo o el efecto de un bicho llamado “colmoyote”, cuyas larvas les devoraban el nervio óptico dejándolos ciegos. (12)

Así de dantesco pinta el historiador Carlos Justo Sierra el precio que pagaban los indígenas por enrolarse en las cuadrillas de chicleros contratados por las empresas extranjeras durante las primeras cuatro décadas del siglo pasado.

Los principales consorcios beneficiarios del recurso y el trabajo de los campechanos eran: “Campeche Timber and Fruit” (finca San Pedro), “Laguna Corporation” (finca El Pital y terrenos adyacentes que representaban inmensas extensiones), “Mexican Land and LumberCo.” (fincas San Gabriel, San Rafael y La Esperanza), “P.A. Hearst” (Finca San José de Aguada Seca) y “Pennsylvania Company”, que explotaba la finca San José de Aguada Seca.Según Justo Sierra, en 1930 se calculó que el área explotable era de dos millones 360 mil hectáreas y en 12 años, de 1930 a 1942, solamente la aduana de Campeche manejó ¡13 millones 925 mil kilos de látex! y Ciudad del Carmen 8 millones 715 mil kilogramos más. (13)

El mismo autor arriba citado menciona que entre 1939 y 1943 la producción chiclera representó el 60% del presupuesto del estado de Campeche. De tal magnitud fue el auge del chicle, una industria cuyo nacimiento algunos historiadores ubican en 1846, cuando estando Santa Anna en Elizabeth Port, cerca de Nueva York, obsequió a su secretario particular James Adams un pedazo de ese producto que traía en el bolsillo, al que el estadounidense agregó endulzantes y saborizantes. Así nació la próspera y mundialmente conocida empresa fabricante de goma de mascar: “Adams Chewing Gum Company”. (14)

Hoy, Campeche es uno de los diez estados con menor desarrollo social; tiene una deuda consolidada de mil 718 millones de pesos y recibe la mayor transferencia de recursos federales (ramo 28) como paliativo a la inestabilidad del mercado de hidrocarburos. (15) Y como sucedió ayer con el palo de tinte y el chicle, la actividad petrolera representa en nuestros días el 80.9 por ciento de su Producto Interno Bruto (PIB).

Sin duda, la historia de esta entidad bien hubiera merecido un apartado en el libro de Eduardo Galeano, “Las venas abiertas de América Latina”, como sí lo tuvieron los “seringueiros”(16) que en el siglo XIX, durante la llamada “fiebre del caucho”, (17) morían por miles en la selva del Amazonas, víctimas del paludismo, la tuberculosis o el beriberi, provocado este último mal por la falta de vitamina B1 y una dieta precaria.Parafraseando al propio Galeano, la historia de la “Perla del Golfo” bien podría resumirse en la siguiente frase: “Campeche tiene la vaca, pero otros beben la leche”. (18) Así ha sido…

1 Pérez Galaz, Juan de Dios, “Los piratas de Campeche”, Diccionario Geográfico e Histórico de Campeche, 1944, artículo publicado en la revista “Artes de México”, número 46, año 1999, pp. 109-128.

2 Ortiz Lanz, José Enrique, “Sombras y luces entre los muros de la ciudad”, artículo publicado en la revista “Artes de México”, número 46, año 1999, p,p 109-128.

3 Pérez Galaz, Juan de Dios, op. cit.

4 Vidal Ángeles, Carlos y Domínguez Turriza, Marilyn (compiladores), “Calakmul”, ed. CONACULTA-INAH, 2003, p.17.

5 Vidal Ángeles, Carlos y Domínguez Turriza, Marilyn (compiladores), op. cit.p.16.

6 Villegas, Pascale y Torras, Rosa, “La extracción y exportación del palo de tinte a manos de colonos extranjeros. El caso de la B. Anizan y Cía.”, SCIELO, http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0186-03482014000300004 (3 de octubre de 2018).

7 Villegas y Torras, op. cit. supra, mencionan que en 1575 los barcos de la corona española retornaban al puerto de Sevilla con 135 toneladas de palo de Campeche.

8 Sierra, Carlos Justo, “Breve historia de Campeche”, ed. Fondo de Cultura Económica y Colegio de México, 1998, pp.71 y 72.

9 Villegas, Pascale y Torras, Rosa, op. cit.

10 Sierra, Carlos Justo, op. cit., p. 76.

11 Villegas, Pascale y Torras, Rosa, op. cit.

12 Sierra, Carlos Justo, op. cit., p. 189.

13 Ibidem, p.186.

14 Martínez Vera, Regina, (coordinadora), “Calakmul”, ed. Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y UNESCO, fecha de impresión: 28 de septiembre de 2012, p.p. 39 y 40.

15 Información de Rodrigo A. Rosales, El Economista, IX/05/18, https://www.eleconomista.com.mx/estados/Campeche-ocupa-el-primer-lugar-en-participaciones-20180905-0001.html

16 Campesinos brasileños pobres que, empujados por el hambre, emigraron a la región selvática del Amazonas a trabajar en los “seringales” o unidades productivas en las que se procesaba el caucho extraído del árbol denominado “Hevea brasiliensis”.

17 Galeano, Eduardo, “Las venas abiertas de América Latina”, ed. Siglo XXI, 1976 (14ª. edición), p.134.

18 Galeano, Eduardo, op. cit., p.35.

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El Reformador 1076,

Col. Prensa Nacional, 

Tlalnepantla Edo. de Méx.

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